La corea | ![]() |
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Nada resulta más fácil que el diagnóstico de un caso corriente de corea para una persona que esté familiarizada con el cuadro clínico de esta enfermedad. El niño da muestras de una agitación incesante producida por una serie de movimientos involuntarios de diversos músculos; ninguno de tales movimientos se repite, ni hay ninguna parte del cuerpo que permanezca totalmente inmóvil. El habla se hace difícil y termina por ser ininteligible; el andar se convierte en un ejercicio peligroso el simple hecho de permanecer tumbado en posición supina se convierte en una tarea extenuante. La inestabilidad emocional se manifiesta alternativamente por medio de sonrisas convulsivas y llanto incontrolable. Cuando se ordena al pequeño que saque la lengua y luego se le permite esconderla nuevamente, se producen las respuestas explosivas características de esta afección. Si cuando el niño trata de mantenerse cogido a los dedos del médico, éste le obliga a mover el antebrazo de manera que la palma de la mano se vuelva alternativamente hacia arriba y hacia abajo, el niño coreico tiende a desasirse y volver a asirse cada vez que la mano cambia de posición. El niño que no padece de corea es capaz de mantener su presa continuamente durante los movimientos pasivos del antebrazo. El niño coreico, a menos que sus convulsiones le impidan siquiera empuñar un lápiz, trazará sobre el papel una línea que pone dos cosas en evidencia: la irregularidad de su control y el exceso de compensación. Si un niño coreico obedece la orden de presentar las manos, con los dedos bien extendidos y separados, lo típico es que las manos se doblen por las muñecas y los dedos aparezcan hiperextendidos. En el supuesto de que sus movimientos convulsivos sean más pronunciados en un lado del cuerpo, entonces es en este mismo lado donde la citada posición de las manos y los dedos se hará más marcada. Los movimientos coreicos poseen además una característica singular que escapa a toda descripción, de tal modo que la corea típica es una de esas enfermedades que pueden diagnosticarse con sólo ver al paciente. A decir verdad, el momento ideal para hacer el diagnóstico en el hospital suele ser cuando se está examinando a otro paciente mientras el niño coreico, que todavía no está cohibido, espera su turno. La corea es una enfermedad física de los tejidos cerebrales estrechamente asociada con la irritación reumática de la garganta, la artritis y la carditis. La naturaleza del cambio de tales tejidos debe de ser de un tipo más cercano al edema que a la reacción inflamatoria, toda vez que jamás produce un síntoma o signo permanente. Es posible confiar en el restablecimiento del enfermo coreico, y a veces la aspirina ayuda a acelerarla. El único peligro estriba en la carditis reumática asociada a esta afección. La mayoría de los ataques de corea no ofrecen complicación, pero tienden a reproducirse periódicamente y, a la larga, en su lugar o asociada con ella se presenta una artritis reumática o una carditis. Es un tanto insólito que la carditis venga a complicar la corea de un niño que no padezca, ni haya padecido, inflamación reumática de las articulaciones. Característicamente, la corea empieza en un día dado, con paresia del brazo y la pierna de un lado del cuerpo asociada con movimientos involuntarios de los mismos miembros. Al principio cabe la posibilidad de que una u otra cosa, la paresia o los movimientos, se presenten independientemente. Es poco común que los movimientos sean simétricos al principio, si bien generalmente se generalizan al cabo de unos pocos días. Una vez localizados, los movimientos jamás afectan a la extremidad superior de un lado y a la inferior del otro y es muy poco frecuente que se observen movimientos en, por ejemplo, el brazo derecho, sin que haya señales de movimiento en la pierna del mismo lado. La paresia se hace más evidente a causa de la falta de coordinación; asimismo, el esfuerzo voluntario produce un efecto que es tan retardado como explosivo. Cuando no se intenta realizar ningún movimiento voluntario, la totalidad del cuerpo o las partes principalmente afectadas se hallan en constante movimiento. Siempre que le es posible, el niño, como avergonzado de hacer movimientos sin fin determinado, procura convertirlos en movimientos intencionales. Por regla general, a duras penas se consigue tener las extremidades quietas durante un momento. Continuamente ejecutan una serie de movimientos de extensión junto con asombrosas contorsiones. Los hombros permanecen alzados unas veces y hundidos otras, la cabeza inclinada hacia un lado, y hacia abajo, girando en mayor o menor grado, También los músculos faciales participan, los ojos se cierran y abren alternadamente, la frente se arruga y vuelve a recuperar su tersura rápidamente, las comisuras de los labios s, tuercen hacia uno u otro lado... (Henoch, 1889, pág. 197). Durante la corea el niño reacciona de manera exagerada ante todo incidente emocional, y se dan muchos casos en que la inestabilidad emocional persiste durante meses o años después de desaparecida la corea. El mismo cambio mental se observa en algunos casos de fiebre reumática, incluso sin movimientos coreicos. Hay otros detalles que, aunque no ayuden a efectuar el diagnóstico, resultan interesantes. La corea afecta a tres niñas por cada niño, sin que parezca haber una razón para semejante favoritismo. Por el contrario, la agitación común se observa con mayor frecuencia en los niños que en las niñas. La corea es ligeramente estacional, mientras que la agitación común y los tics no lo son. La corea tiene relación con determinadas zonas geográficas o urbanas y con la posición social, mientras que las otras dos afecciones citadas son ubicuas. En algunos casos, los ataques de corea se repiten sin llegar a producir artritis reumática o carditis. En el caso de cierta niña, la enfermedad empezaba exactamente el día de su cumpleaños, hecho que se repitió durante varios años sucesivos. Diríase que con el tiempo se podrá sacar, de entre cien casos de corea auténtica, un porcentaje de casos en los que no haya riesgo de manifestaciones reumáticas. Sin embargo, actualmente no es posible hacerlo, por lo que todos los niños afectados de corea deben ser tratados como posibles casos de enfermedad cardíaca. No existe ningún tratamiento para la corea, exceptuando el reposo en cama y la evitación de tensiones emocionales. En la sala del hospital puede que sea conveniente aislar la cama por medio de biombos, aunque no debe hacerse si el niño se siente angustiado por parecerle que se le aísla como castigo. En casa, debe buscarse una habitación en la que los demás niños no puedan irrumpir y causar la consiguiente excitación. Es mucho lo que puede lograrse con cuidados prestados con comprensión y serenidad; durante la convalecencia, al igual que en toda enfermedad larga, al niño hay que buscarle algo con que ocupar los dedos y el cerebro. Algunos niños no soportan el reposo, ya que en cama no pueden utilizar los mecanismos a que suelen recurrir para dominar la angustia producida por sus pensamientos. No hay que olvidar que para tal niño la presencia de un padre o una madre excesivamente cariñosos puede llegar a ser indirectamente, a causa de los estímulos, una forma de tortura, en cuyo caso cabría esperar que el niño se recuperase con mayor rapidez lejos de casa. No obstante, es a este padre o madre demasiado cariñosos a quienes les es imposible tolerar el alejamiento del niño, siquiera sea por su propio bien. El tratamiento a base de drogas no es satisfactorio, como demuestra el gran número de medicamentos recomendados. Sin tratamiento, la corea acaba por desaparecer casi siempre. La única complicación seria es la enfermedad cardíaca, y para ésta no se sabe de ningún tratamiento salvo el reposo. Portada - Preguntas Frecuentes - Inscripción - Autoconocimiento - Psicologia - Mis Informes - Contáctenos
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